La
colección completa de obras de Saito MokIchi (1882-1953), publicada
por la editorial Iwanami contiene cincuenta y seis grandes volúmenes,
pero en este enorme patrimonio literario los primeros poemas del
autor, que le han dado fama internacional, merecen un reconocimiento
especial. Es imposible negar la originalidad del talento del maestro
y su extraordinaria productividad.
Mokichi se crió en la familia
de su padre adoptivo, médico de profesión, que quería ver al niño
como su sucesor.
En
1905, Mokichi ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad
Imperial de Tokio. Su pasión por el tanka, que comenzó tras conocer
los poemas de Shiki, no interferiría con sus estudios de Medicina.,
pero conduciría al joven hasta Ito Sachio, el sucesor de Masaoka
Shiki que lo aceptó de buen grado como discípulo y lo introdujo en
los misterios de la «reflexión de la naturaleza».
Bajo la guía
de Sachio escribió muchos poemas para las revistas Ashibi y Araragi,
perfeccionando su habilidad.
Mientras tanto, Mokichi se graduó en
la universidad y se convirtió en psiquiatra en ejercicio. Nunca dejó
de ejercer, trabajando principalmente en hospitales psiquiátricos y
en clínicas especiales .
En 1913, el poeta publicó su primera colecciónn "Resplandor carmesí" que tuvo un éxito sensacional y fortaleció la posición de Saito Mokichi en el mundo de la literatura
Tan
cerca de la muerte,
mi madre está postrada en su lecho de
enferma-
con qué vigor
las voces de las ranas del lejano
campo
suenan en lo alto del cielo...
Estoy
caminando por una llanura
caminando durante tanto tiempo,
luchando
a través de la hierba de bambú-
¿por qué debería apresurarme
a volver a casa
si mi anciana madre ya no me espera...?
Tan
sucio
todo cubierto de polvo de paja,
en medio de un arrozal
seco
una cáscara de cigarra
como una pequeña mancha
blanca...
Oh,
cómo me apresuré
a las jaulas del zoo
dejando todas mis
penas
para olvidar por un momento
mi miserable vida.
El
sol se ha puesto en la nieve
dejando en el cielo una franja
de
resplandor carmesí
y el arrepentimiento envuelve mi triste
corazón
con gris penumbra...
En
el día de primavera,
las flores rojas arden en la luz.
Cada
vez que las miro,
una tristeza profunda
nace en mi corazón
En
mi tierra natal,
a la orilla del lago,
un sauce solitario
ha
envejecido
como yo
Observo
implacable
la magia brillante de la nieve
esta perspectiva de
plata-
y no sé cuál es la razón
para la pena y la
preocupación en mi corazón...
Pensando
en ti,
mi corazón solitario
se endurece en la noche
mientras
cae la lluvia
de primavera
Saito
Mokichi siguió escribiendo mucho, permaneciendo junto a Shimagi
Akahiko, el líder de la asociación Araragi y lo compaginó con la
práctica médica.
Su siguiente colección fue Aratama en 1922,
Los tanka incluidos en ella suenan más tranquilos, más sosegados y
están más cerca de la manera de Shiki e Ito Sachio.
Brillante
y rojo,
un camino solitario
se extiende.
Así es mi
vida,
luminosa y efímera
En
la silenciosa casa,
bajo la noche de luna,
solo,
busco y
leo
una vieja carta.
Llueve
intermitente,
las hojas de ginkgo doradas
caen con el
viento
junto al camino...
qué tristeza llevan
El
río fluye,
choca contra las rocas
y sigue su curso...
Así
quisiera
permanecer yo también
En
la casa
donde nació mi padre,
sobre la muralla derruida,
se
enredan las hojas nuevas
de la hiedra.
La carrera de Mokichi como poeta duró casi 50 años. En el momento de su muerte, a la edad de 70 años, había publicado diecisiete colecciones de poesía que incluían unos 14.200 poemas, siendo las obras reunidas mayoritariamente dedicadas al tanka. En 1950 recibió el Premio Yomiuri y recibió la Orden de la Cultura en 1951.
El
tenue resplandor
del color de los arces,
cuando se desvanece
antes de caer la nieve,
la serenidad en las montañas.
Despertó
del sueño invernal una rana
trepa
por
la cima de la nieve sobrante
y se estira.
Las nubes de
la primavera
se juntan a un lado
hacia el mediodía
junto
a los lejanos juncos de agua
los gansos salvajes se han
posado.
Al despertar
me imaginaba que
las hierbas
silvestres
podrían estar dejando caer sus semillas
a esta
hora de la noche.
Arrastrándose sobre la hierba,
luciérnaga de la mañana,
transitoria debe ser
esta
existencia mía.
No me dejes morir, nunca.
En las
montañas de primavera
he venido y me quedo
una persona sola
intentando escuchar el sonido de
hojas caídas, secas,
dobladas.
De
vuelta a mi tierra natal,
me giro y miro:
resplandece
con
una luz intensa
el verde de las montañas
En
un instante,
mi corazón se abre
y habla como tú,
tan vasto
y libre
como el mar de verano
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